<< Inicio  

 

Perú: ¿Transformación o encadenamiento ?
"Mejor bueno por conocer (Ollanta), que malo conocido (Alan)"

 

 

Carlos Angulo Rivas

 

  

Algunos analistas políticos señalan que la derecha ha sido derrotada en la primera vuelta de las elecciones generales peruanas. Evidentemente, esta apreciación es un mensaje equivocado e improcedente, un juicio de valor destinado a crear confusión, pues la derecha está vivita y coleando; además, dispuesta a reunificarse a través de un llamado "frente democrático" para dar la batalla final contra el comandante Ollanta Humala, candidato calificado por los partidos políticos tradicionales como líder "antisistema." Y lo estamos viendo, porque todavía no tenemos los resultados de la ONPE para saber quién representará a la camarilla estable de los políticos deshonestos, pero ya los dos potenciales favorecidos, la conservadora Lourdes Flores y el servicial camaleón Alan García, vienen proponiendo lo único que saben hacer: unidad concertada para mantener la corrupción, la inmoralidad y la impunidad inmersas en el sistema que ellos llaman democrático. En verdad, los dos tienen presente el mal funcionamiento del régimen que manipulan a su regalado gusto, pero crean el aturdimiento, la mezcolanza y el desorden con el claro propósito de desorientar a los electores, porque bien saben que el sistema que defienden está percibido como negativo en la mayoría de la población. Los porcentajes vergonzosos de aprobación, menores del diez por ciento, del gobierno de Toledo y el Congreso no mienten. 


Cualquiera sea el contendor de Humala, la estrategia de la derecha está meridianamente desenmascarada. Democracia versus autoritarismo. Dicotomía absurda que expresa el monumental cinismo de una clase política ancestral que no quiere perder sus privilegios fundados en el abuso, la exclusión y la explotación. La sociedad peruana es una sociedad violenta. La violencia vive expresada en el sistema de gobierno despótico, en la aplicación arbitraria de la ley que sólo favorece a los encumbrados en el poder político, a la oligarquía, a los ricos y poderosos, todos protegidos por la impunidad para sus crímenes y latrocinios. La misma guerra subversiva emprendida por Sendero Luminoso y el MRTA fue la expresión de la violencia social no resuelta. El resultado electoral último también marca la fragmentación nacional en varios aspectos. El manto de los más pobres del interior del país, los campesinos y olvidados, los excluidos, distribuidos en la mayoría de la regiones (Humala ganó 18 de 25) han votado abrumadoramente por la transformación del país. El centralismo deformado de la capital Lima por Lourdes Flores y el norte criollo, impulsado por un sentimentalismo ligero, por el APRA de Alan García. Los significados de estas inclinaciones son elocuentes.


Ollanta Humala ha abanderado la expresión del campo popular promovida y alimentada, durante el gobierno de Toledo, por la dirigencia gremial, sindical y partidaria, caudal que la izquierda no supo capitalizar en lo político, dejando ese sentimiento transformador de la mayoría de peruanos en manos del outsider. La candidata de UN, Lourdes Flores, cayó en la soberbia de querer representar por sí sola un conglomerado de intereses oligárquicos pronorteamericanos sin ubicarse en el desencanto del pueblo por Toledo y Kuczynski, a quienes representaba casi sin darse cuenta. Pecó de arrogancia e intolerancia por sentirse la ganadora indiscutible meses atrás cuando desechó alianzas protectoras posibles. Alan García, como de costumbre hizo el papel de la "escopeta de dos cañones" del doble discurso, de la demagogia de las promesas que nunca cumplirá y el baile del carnaval, siendo salvado por la disciplina del partido y el sentimentalismo fundacional arrastrado de los años treinta. Echó mano a los mártires del partido como si él (con sus crímenes horrendos de los penales de Lima y en las comunidades campesinas de Cayara, Accomarca, etc. o con el manejo de las bandas paramilitares "Rodrigo Franco") los representara en valor, valentía y sacrificio. En el pueblo aprista funcionó así el resorte apasionado del martirologio como en los católicos funciona el holocausto de Cristo o la inmolación de los mártires y santos de la Iglesia, de ninguna manera representados por la posición reaccionaria del cardenal Juan Luis Cipriani.

 

El camino de la transformación es muy difícil pero no imposible. El Perú no es un país enfermo sino pujante y trabajador, lo demostrará cuando se libere de la costra putrefacta del sistema engañoso que se defiende como democracia. La democracia es igualdad de derechos, libertades y responsabilidades, es la representatividad del pueblo en todas las instancias de gobierno, es la participación real desde la comunidad local, distrital, provincial y regional hasta el gobierno central; la elección de los representantes es sólo un mecanismo de consulta popular y cuando más consultas populares existan más democracia se alcanzará. Rescatar la dignidad nacional avasallada por lo malos gobernantes y ultrajada por la aplicación de políticas neo-coloniales es tarea del nacionalismo democrático popular encarnado en la candidatura de Ollanta Humala frente a la falsa disyuntiva -democracia versus autoritarismo- que pretende imponer una derecha desesperada para sostenerse en el poder. La victoria preliminar de Humala no alcanzó la magnitud esperada debido a la demolición mediática, a la guerra sucia y la descalificación a priori de llamarlo autoritario, fascista y dictador, por el solo hecho de haber vestido el uniforme del ejército. 

Sin embargo, esta victoria absorbió el noventa por ciento de las bases de la izquierda, perfilándose así la unidad perdida en la cúspide dirigente del espacio social. Pese a ello, no todo está dicho, ni todas las fichas están jugadas con Humala, en razón que lo rodea un entorno dirigente precipitado, escogido en circunstancias adversas a los plazos de inscripciones partidarias. No lo mejor en la vidriera progresista lo rodea. La unidad del campo popular lograda tras la candidatura de Ollanta Humala no puede ponerse en duda, pues ella obedece más al ideario proclamado por el PNP, coincidente en gran parte con el de la izquierda orgánica, antes que a la persona misma del comandante. Y en términos numéricos supera con el 31% la mejor actuación de la Izquierda Unida con Alfonso Barrantes a la cabeza, la que apenas bordeó el 25% en las elecciones generales de 1985. 

Los resultados se deben, por supuesto, a las líneas de acción programática transformadoras dentro de la democracia y la consulta popular, por ello llamar autoritarismo a la verdadera libertad de opinión, juicio y elección; y democracia al sistema podrido de la imposición gubernamental acostumbrada, es un sinsentido que deberán explicar en esencia Lourdes Flores o Alan García, no la propaganda negativa de la prensa y la TV. No los agentes encabezados por Mario Vargas Llosa, Gustavo Gorriti, Martha Hildebrant, Julio Cotler, Jaime Bayly y otros que gritan contra la amenaza autoritaria porque simplemente les da la gana de defender la inmundicia. En realidad, aquí se compite por la transformación del país frente al encadenamiento a un sistema putrefacto ampliamente conocido. Y cabe a la izquierda orgánica partidaria y gremial el trabajo de soporte y apoyo crítico a Ollanta Humala como lo viene haciendo acertadamente el Grupo Malpica. La segunda vuelta no será igual que la primera. 

La satanización de la candidatura de Ollanta Humala ha polarizado la situación. La lucha de clases sumergida en cualquier sociedad del mundo, tal como existe en la atmósfera la tempestad y el viento huracanado, ha salido a flote al verse en peligro la clase dominante. No en peligro de perder sus propiedades, nadie pretende expropiar lo ajeno, sino los privilegios de una casta política que utiliza al Estado para su provecho en detrimento de la mayoría nacional. Fueron los voceros periodísticos y los candidatos mismos del poder establecido quienes empezaron esta lucha latente en la sociedad, fueron ellos quienes con sus mentiras crearon el ambiente de confrontación que luego niegan como humildes y ofendidas palomas de la paz. Llamaron candidato antisistema a Ollanta Humala como si no fueran ellos quienes iniciaron la confrontación desenfrenada contra una apuesta nacionalista democrática popular expuesta de antemano y por derecho propio. La discusión de la alternativa nacionalista, el debate sobre el asunto estuvo planteado sin esconder cartas en la manga; los planteamientos fueron públicos, fueron difundidos e impresos; entonces ¿por qué se rehuyó el examen del programa, el cotejo de ideas? Esta pregunta se responde por sí misma, a los defensores del sistema actual no les convenía la toma de conciencia de la población, la educación de las masas, la formación política de ellas, la puntualización de temas candentes, las soluciones a la problemática nacional irresuelta por años de años de engaño y abuso del poder. Hoy estamos a las puertas de un gobierno de innovación, de reforma, de reestructuración y transformación nacional y sólo los elementos retrógrados, reaccionarios y plutocráticos pueden oponerse.


Los partidos políticos no tienen capacidad de endose, los pactos y los acomodos del llamado "frente democrático" no podrán ceder fácilmente los votos obtenidos en la primera vuelta, porque estos no pertenecen a ente alguno sino al ciudadano reflexivo, pensante y no manipulado, que vislumbrará su porvenir entre la repetición perpetua de la corrupción descarada, del encadenamiento voluntario de sus familias o la transformación democrática, paso a paso, a través de la consulta popular permanente e institucionalizada con la revocatoria a mandatos tenebrosos y farsantes como los habidos con Alan García, Alberto Fujimori y Alejandro Toledo. El enfrentamiento frenético, afiebrado y delirante contra Ollanta Humala significa la defensa de los intereses oligárquicos, de las monumentales ganancias de las empresas transnacionales que no pagan ni regalías ni impuestos de manera debida, ni crean empleo abundante por ser meros consorcios de exportación primaria; significa la firma de convenios y tratados gravosos para el país como el TLC con Estados Unidos negociado por Toledo-Kuczynski, las privatizaciones de industrias estratégicas en condiciones desfavorables, la entrega del Mar de Grau y las 200 millas marinas; significa la continuidad de fracasadas políticas neoliberales impuestas por el Fondo Monetario Internacional y el consenso de Washington. El miedo a un autoritarismo creado artificialmente y dirigido a los pobres susceptibles a la desconfianza, será la única arma de la derecha reunificada donde con seguridad Alan García nunca más llamará a Lourdes Flores la candidata de los ricos como con tanta valoración lo repetía en cuanta ocasión se presentara. 

En esta segunda vuelta electoral ambos candidatos, sea uno u otro, se darán la mano y no habrán diferencias mayores porque en realidad nunca las hubieron. La verdad sea dicha, cualquiera de los dos sufrirá el pánico a la democracia real en la que jamás pensaron en serio, porque la expresión libre de los electores reafirmará la necesidad del cambio económico, político y social que el país requiere con urgencia. Sobre esta base, una vez instaurado el nuevo régimen se podrá dialogar en aras de la gobernabilidad, el consenso y el programa mínimo para avanzar en la transformación completa del Perú. La propia dinámica histórica decantará a los políticos sin compromiso con las grandes mayorías excluidas.

 


20 abril 2006