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¿POR QUÉ ODIA EL NEOLIBERALISMO LA PLANIFICACIÓN?

Escrito por Hugo O’Connor Salmón

Publicado: 24 Abril 2014

Construyendo Democracia  

En la hegemonía actual del neoliberalismo en el mundo, se han ido forjando diversos mitos y axiomas, difundidos ampliamente a través de los medios masivos de comunicación.

El mito más extendido es el culto al mercado, que rige misteriosamente los destinos de la humanidad. Según este paradigma económico, el mercado es el supremo regulador de la producción, los precios y la prosperidad de los pueblos. Las recetas dictadas desde los centros de poder monopólico recomiendan la sujeción de la economía a la demanda del mercado y en los países dependientes no invertir en industrias, de acuerdo a la “división internacional del trabajo” ya establecida por los países industrializados.

La globalización de la economía mundial resulta siendo el principal argumento para reforzar la relación asimétrica entre países subdesarrollados y desarrollados. Dicho de otro modo, debemos aceptar la condición de exportadores de materias primas y a lo sumo de productos “no tradicionales”, los cuales tampoco son mercancías con valor agregado.

A nivel interno se nos ha vendido otro mito: el Estado es mal administrador y no debe meterse en la producción. Solo debe limitarse al papel de árbitro regulador y de recaudador de impuestos. Este modelo neoliberal se implanta con mayor fuerza a partir del gobierno de Fujimori, con la venta (o remate) de las empresas estatales. Todo intento de defensa de estas empresas fue satanizado por la prensa como “estatismo” o “velasquismo”, tildándolo de anticuado u obsoleto.

Sin embargo, si miramos un poco más allá de nuestras fronteras, resulta que nada menos que en la añeja Europa, no son pocos los países desarrollados que han optado, desde hace décadas, por un modelo más “intervencionista” del Estado, haciéndose cargo de los servicios de salud, seguridad social, educación, energía, transporte, etc., y aún hoy se resisten a ser privatizados. En países como Suecia, Noruega el Estado le fija topes de producción al sector privado, con un criterio de planificación y cuidado de los recursos naturales y el medio ambiente.

¿Entonces, qué es lo que está detrás de la filosofía del capitalismo, en su versión neoliberal (bautizado como “capitalismo salvaje”)? ¿Cuáles son sus santas verdades?. Veamos:

1.       La propiedad y la iniciativa privada son los motores del desarrollo

2.       Toda acción económica debe someterse a la oferta y demanda

3.       El Estado debe asegurar el control social de la población para la mantención del modelo económico.

 

Según esta filosofía, repetida por sus voceros y premios Nobel de Economía, es que el individuo es el actor, cuyo afán por el dinero, mueve a la sociedad hacia el desarrollo (y el ofrecido bienestar).

Sin embargo, veamos los resultados en el mundo de hoy: más guerras e intervenciones militares, más armamentismo, más pobreza, más corrupción, mayor delincuencia y narcotráfico. ¿Ese es el paraíso prometido?

Al neoliberal le repugna la palabra “planificar”. En el caso peruano, hace 2 décadas significó la eliminación del Instituto Nacional de Planificación, sin explicación alguna a la ciudadanía. El resultado es la agudización de la pobreza y la mayor dependencia económica al exterior.

 ¿Por qué el desprecio y odio por el ordenamiento de la producción a favor de las necesidades nacionales?. El motivo de esta aversión es privilegiar los intereses individuales (de una reducida élite dominante) sobre los intereses de las grandes mayorías. Se gobierna para servir a éstos particulares, con la mentira que los beneficios serán para todos los ciudadanos.

Sostenemos lo contrario, la planificación desde el Estado presupone equilibrar el interés privado y público, priorizando éste último. Se debe garantizar el interés privado, pero subordinado al interés nacional. Así por ejemplo, si en el Perú se necesitan x millones de calzados, la economía planificada podrá organizar, entre las diversas empresas existentes y las que se debieran crear, esa cuota de producción. De esta manera, recién se pondrá la economía al servicio del ser humano y no al revés.

Recordemos esta magnífica frase de Federico Engels:

"Únicamente una organización consiente de la producción social, en la que la producción y la distribución obedezcan a un plan, puede elevar socialmente a los hombres sobre el resto del mundo animal.”