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LIMA: ¿ESPERANDO EL DESASTRE?

Por: Hugo O’Connor

El conglomerado urbano de Lima Metropolitana, incluyendo El Callao, es hogar de 9 millones de compatriotas y máxima expresión del centralismo que agobia nuestro país. Nada menos que el 70% de esta población ha nacido o llegado en los últimos 40 años.

Se han escrito decenas de estudios y libros sobre ella, describiendo con increíbles cifras, la cantidad de productos que demanda la ciudad, empezando por los servicios de electricidad y agua potable. Lima reclama cientos de toneladas diarias de alimentos, y a la vez produce montañas de residuos sólidos, virtiendo desagües al mar, mientras se sigue extendiendo por arenales y antiguos campos de cultivo, creando nuevas y más extensas urbanizaciones y asentamientos humanos, y también ocupando laderas y quebradas en 3 cuencas, que alguna vez estuvieron distantes entre si, los valles de los ríos Lurín, Rímac y Chillón.

Concentrando la mayor parte de la industria, el comercio, la TBC , la creciente delincuencia, el 60% de los accidentes de tránsito, y muchas estadísticas más del país, Lima es hoy a la vez, un  monstruoso espejismo de oportunidades para el migrante y también la mejor muestra de un país desordenado, con autoridades irresponsables, sin planes ni brújula, es decir, a la deriva.

La profunda crisis del agro y el abandono del Estado que privilegia y subsidia las ciudades, especialmente de la Costa , impulsa diariamente el flujo de migrantes, desde todos los puntos del país, buscando cualquier espacio en la urbe, aunque sea a costa de sobrevivir en alto riesgo y en las peores condiciones de vida, la extrema pobreza.

En este caótico escenario de falsa “modernidad”, la naturaleza nos envía sus avisos: los terremotos de Pisco (2007), Haití y Chile (2010) ponen sobre el tapete cuan vulnerable se ha vuelto Lima Metropolitana, y todo lo que ella alberga.

La vulnerabilidad de Lima, sea por exposición o fragilidad ante el peligro sísmico y/o maremoto, es en realidad una construcción social que viene acelerándose en las últimas 4 décadas. En ese lapso, los Gobiernos y Estado peruanos han sido incapaces de afrontar el riesgo de un gran desastre, porque el modelo económico primario exportador, en su versión neoliberal es enemigo jurado de la planificación. A la fecha no se conoce ningún plan de esmergencia para Lima Metropolitana, por la necedad del actual alcalde.

La política de “dejar hacer, dejar pasar” impulsada por el belaundismo en la década de los 70 y seguida fielmente por todos los gobiernos recientes, les ha permitido contemplar pasivamente el crecimiento desmedido de la Capital (atractivo mercado de electores), y priorizar abiertamente las inversiones públicas en la urbe, agudizando el centralismo. Un claro ejemplo de ello son los planes de vivienda que centran su atención en Lima, expresado en las palabras que oí a un Vice Ministro: “…es que aquí está la mayor demanda”.

Por su parte, los alcaldes de la ciudad han dado también su cuota a cambio de votos, sembrando redes, alumbrado, pistas, veredas y “escaleritas”, para promover la consolidación de asentamientos humanos en zonas de alto riesgo sísmico, como por ejemplo, las quebradas de San Juan de Lurigancho o el Lomo de Corvina en Villa El Salvador.

Los estudiosos han calculado que un terremoto grado 8.0 en escala Ritcher, provocaría la muerte de por lo menos 100 mil personas en Lima y Callao, sin contar con los efectos mortales de un maremoto sobre el litoral, sustentado en el hecho que la mayor parte de los epicentros de sismos en esta zona, se han dado en fondo del mar. No es exagerado decir que un desastre de estas características signifique el colapso económico y social del país.

La campaña electoral por la alcaldía de Lima ha arrancado con más diatribas que propuestas. ¿Acaso tomarán en serio el alto riesgo a la que está expuesta Lima Metropolitana ante un gran sismo y tsunami? 

Estamos pues avisados y el reto es enorme, ya que implica realizar un conjunto de acciones en 3 niveles: 

Mientras tanto, la cuenta regresiva para el próximo gran terremoto ya está corriendo. La sordera, desidia o torpeza de gobernantes y autoridades difícilmente serán perdonadas por los que sobrevivan al desastre.