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GOLPE MILITAR EN BOLIVIA: RESTAURACIÓN Y RETORNO AL TRASPATIO IMPERIAL

 

 

   
   "La complicidad de Estados Unidos es tan evidente en el golpe de Estado en #Bolivia que la embajada norteamericana en Argentina habla por los golpistas y pide al gobierno del presidente Fernández que limite mi refugio político, como en tiempos del Plan Cóndor". (EVO MORALES) - 28 dic. 2019

 

El trasfondo de este golpe de estado es la distribución de la riqueza en Bolivia y el control geoestratégico de EEUU sobre sus recursos, alentado con el racismo supremacista. Es un nuevo capítulo de la guerra híbrida contra los pobres en el escenario internacional, donde se revelan los hilos de una operación de desestabilización organizada desde el exterior, utilizando a grupos internos ligados a la oligarquía boliviana, con el fin de derribar un gobierno no afín a los intereses geoestratégicos de la potencia dominante en la zona, en este caso EEUU. Un golpe de estado “suave” por medios no convencionales, con armas psicológicas, sociales, económicas, mediáticas, políticas, etc.

Ha sido un golpe de estado planificado El analista internacional Alfredo Jalife Rahme, describía en Behind Back Doors, con varias semanas de anticipación, los detalles de la planificación desde los Estados Unidos del actual golpe de estado en Bolivia. Daba ya entonces los nombres y apellidos de los involucrados: políticos bolivianos residentes en EEUU, líderes de la oposición boliviana y de la asociación opositora «Coordinadora Nacional Militar», compuesta por ex oficiales del ejército boliviano, responsables de gestionar los fondos que se han enviado desde Estados Unidos para esta operación.

Este plan, en tres etapas, estaba diseñado para la ruptura y la división del ejército boliviano y la policía nacional, logrando que estas fuerzas se rebelaran contra el presidente Evo Morales (reclutando altos mandos del Ejército, aquellos que respaldarían el golpe de estado y asumirían la presidencia del país en una coalición cívico militar en el período de transición). Preveía contar, como así ha sido, también con el apoyo de las embajadas afines y la Iglesia Evangélica, que Estados Unidos utiliza como cobertura estratégica de forma habitual en los “golpes de estado blandos”.

Financiando campañas de descrédito contra el Gobierno, utilizando una estructura de medios con prensa de medios opositores, medios y cuentas falsas en las redes sociales creadas específicamente para apoyar el golpe de estado, activistas en redes sociales con noticias falsas masivas (centradas en la inversión del sentido de los hechos: los agresores son presentan como agredidos, y viceversa; los vídeos de atrocidades de bandas criminales se muestran como acciones violentas de seguidores del gobierno). Así como el apoyo de organismos internacionales controlados por Estados Unidos, como la OEA, para deslegitimar la victoria electoral de Evo, acusarle de fraude electoral y reclamar, si era necesario, una intervención internacional en Bolivia.

Para así pasar a la tercera fase, cuya intención era generar un estado de crisis social en el país, desatando una ola de violencia y represión que dejara en shock a la población que apoya al presidente Evo Morales, e imponer un gobierno paralelo que aprovechara este estado de shock para imponer reformas drásticas, sin refrendo democrático, que de otra forma nunca hubieran sido aceptadas.

Parece que ahora los presidentes en Latinoamérica ya no son elegidos por su pueblo, sino que se autoproclaman, con gran apoyo mediático y reconocimiento inmediato de Estados Unidos. Este tipo de golpe de estado tiene una larga tradición en la estrategia política y militar de Estados Unidos en la región: el fallido golpe contra Hugo Chávez en Venezuela, en 2002; el derrocamiento en Haití en 2004 del primer Presidente electo por voto popular, el sacerdote Jean Aristide; el alzamiento de la Media Luna contra Evo Morales en 2008; el derrocamiento del Presidente de Honduras Mel Zelaya en 2009; la destitución expréss del Presidente de Paraguay Fernando Lugo en 2012; los golpes de estado lawfare en Brasil con la destitución de la Presidenta Dilma Rousseff y la detención de Lula para impedirle presentarse y ganar las elecciones, gracias a lo cual se hizo con el poder el militar Jair Bolsonaro, quien reivindica no sólo la dictadura, sino las torturas y se apoya en las iglesias evangélicas.

Decenas de miles de cables diplomáticos filtrados por WikiLeaks muestran como la agencia USAID financió con millones de dólares a los opositores a Evo, y que cuando los departamentos de la Media Luna organizaron protestas violentas en las que murieron 20 partidarios del gobierno, Estados Unidos mantenía una comunicación regular con los líderes del movimiento violento, separatista y racista que se proponía “volar por los aires los gasoductos” y consideraba la “violencia como posibilidad para forzar al gobierno”.

Por eso no es de extrañar que los jefes del Ejército y de la policía de Bolivia, que forzaron la renuncia del Presidente Evo Morales, fueran entrenados por Estados Unidos en la Escuela de las Américas y en el FBI. Y que el general que exigió la renuncia, Williams Kaliman, una vez cumplida su función, se haya ido a vivir a Estados Unidos a las 72 horas del golpe, tras haber presuntamente cobrado un millón de dólares, a resguardo de cualquier investigación de la comunidad internacional. El encargado de negocios de la Embajada estadounidense en La Paz, Bruce Williamson, al parecer, fue quien pagó esos sobornos: un millón de dólares a los jefes militares y quinientos mil a los jefes de policía.


28 diciembre 2020

Fuente: https://www.somoselmedio.com/