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DESARROLLO SOSTENIBLE Y URBANIZACIÓN:

ANTAGONISMO SIN SOLUCIÓN

Por: Hugo O'Connor Salmón

 

Antecedentes

En las últimas 2 décadas se han producido prometedores encuentros internacionales para abordar temas de trascendental importancia para el mundo actual, como son el cambio climático, la ecología, el medio ambiente, el desarrollo sostenible y la reducción de la pobreza. Estos eventos han sido: Cumbre de la Tierra – Río de Janeiro 1992; Cumbre de la Tierra – Johannesburgo 2002 y la Conferencia de Desarrollo Sostenible “Rio+20” – Rio de Janeiro 2012.

Estos macro-encuentros han congregado tanto países ricos como pobres, intentando ofrecer un discurso conciliador para reducir las acciones humanas que dañan gravemente los ecosistemas planteando alternativas como la reducción de la emisión de gases contaminantes, la responsabilidad social de las empresas y el desarrollo sostenible, para que la humanidad resuelva sus necesidades presentes y futuras, sin sacrificar el medio ambiente. Los acuerdos aspiran a ser instrumentos de coordinación entre distintos Estados e instituciones mundiales, con el propósito de que el crecimiento económico con inclusión social pueda ser compatible con la protección del ambiente, mediante la suma de esfuerzos y capacidades de todos los actores involucrados.

El papel aguanta todo

El último evento Río+20 ha reunido a 40 mil representantes de más de 190 países. Sin embargo, los comentarios sobre sus resultados han sido en su mayoría sombríos y pesimistas, debido a la tenaz resistencia de los países industrializados, especialmente EU y algunas potencias europeas que se niegan tercamente a frenar el derroche de petróleo y la emisión de gases “invernadero”.

Los tibios acuerdos no llegan a ser vinculantes (obligatorios) para los países que tienen la mayor responsabilidad en el daño al medio ambiente. Uno de ellos plantea  “…un plan de diez años para modificar los actuales patrones de producción y consumo…”.  Por su parte Kumi Naidoo, Director de Greenpeace afirma que Río+20 fue “un fracaso de proporciones épicas” para afrontar la inequidad, la ecología y la economía. El Presidente uruguayo José Mujica fue directo y tajante en su crítica al afirmar que “no podemos estar indefinidamente gobernados por el mercado, sino que tenemos que gobernar al mercado”, y señalando con urgencia “necesitamos empezar a luchar por otra cultura”.

A juzgar por los magros resultados de la Conferencia Rio+20, estos costosos encuentros terminan siendo buenos propósitos. Por el momento, amplios documentos llenos de promesas, que lamentablemente se mantendrán solo en el papel.

Desarrollo Sostenible versus acelerado proceso caótico de urbanización

 Pero no solo se trata de cumbres improductivas para la humanidad. Lo grave es que ni siquiera se plantean temas de fondo como el crecimiento de las ciudades. En Río+20 se debatió una “Carta Mundial por el derecho a la Ciudad” en clamorosa omisión a alternativas a la creciente concentración de los seres humanos en grandes y caóticas urbes. Según cifras de la ONU, el 54% de la población mundial vive hoy en ciudades y de acuerdo a esta tendencia, se seguirá abandonando el campo y la agricultura, agudizando y encareciendo los productos alimenticios que proveen a los centros urbanos. Estas ciudades son cada vez más vulnerables a todos los males de la actualidad: delincuencia, desempleo, pobreza extrema, hacinamiento, insuficientes servicios básicos, caos del transporte, etc. Las grandes urbes están hoy más expuestas que nunca a fenómenos naturales como sismos, inundaciones, tsunamis o peligros provocados por el propio ser humano, como son los incendios.

 ¿Esto puede ser camino al desarrollo sostenible? 

El actual Secretario General de la ONU augura para el 2030 el fin de la pobreza extrema en el mundo. A juzgar por este vertiginoso crecimiento de las ciudades, solo puede tratarse de una promesa optimista más, lanzada al mundo para engañar incautos.

El desarrollo sostenible debe plantearnos en primer lugar, garantizar la seguridad alimentaria, basada en la reorientación de los hábitos de consumo hacia productos nativos, el pleno empleo con valor agregado en la agroindustria, que supone la ampliación de los mercados internos de cada país. La humanidad viene transitando por un verdadero callejón sin salida, permitiendo el crecimiento de las ciudades, bajo el paradigma que es un comportamiento humano “inevitable” y “natural”. Este modelo debe ser cuestionado, por contradecir el propósito del desarrollo sostenible. Esto exige un profundo cambio cultural.

En el caso peruano, el problema del centralismo alcanza niveles dramáticos: Lima, la capital de la República concentra a la tercera parte de la población nacional. No existe ninguna política demográfica que incentive una nueva ocupación racional del territorio, desconcentrando las ciudades, especialmente de la costa.

La “regionalización” lanzada por el gobierno de Toledo ha cumplido una década, revelándose como otro frustrado intento de reorganizar políticamente al país, soslayando su realidad geográfica, las cuencas y los corredores económicos que los propios pueblos se han ido dotado.

Sigue pendiente un debate amplio, que ponga sobre la mesa la política nacional de población, el repoblamiento del territorio en base a la creación de polos de desarrollo en el norte, centro y sur, que rompan definitivamente con el centralismo limeño.

 

 

     

"Solo conoceremos nuestra verdadera estatura cuando nos pongamos de pie"