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Darwin y "El origen de las Especies"

 

 

por Hernán Soto

Cuando en 1859 se publicó en Londres El origen de las especies, Charles Darwin tenía cincuenta años. Por lo tanto, en 2009 se cumplen doscientos desde el nacimiento del sabio naturalista inglés.

Era la Inglaterra de la revolución industrial. El carbón y el hierro proporcionaban acero para las nuevas industrias que utilizaban vapor para su funcionamiento. Las manufacturas se desarrollaban en forma vertiginosa y los ferrocarriles se extendían por el país. Los barcos británicos llegaban a todos los puertos del mundo. Las nuevas construcciones cambiaban el perfil de las ciudades. El imperio parecía imbatible. Era el capitalismo en ascenso y también la miseria terrible de los pobres. Aumentaba la interacción entre la ciencia y la tecnología, que chocaban con la religión. La comunicación telegráfica acercaba a las personas. Casi el mismo año en que apareció El origen de las especies, se transmitió el primer mensaje por cable submarino entre Europa y Estados Unidos.

Darwin regresó a Inglaterra en 1837, luego de un largo viaje en el bergantín Beagle, comandado por el capitán Robert Fitz Roy. Había dado la vuelta al mundo y su trabajo como naturalista y la vida marinera lo habían fortalecido. Volvía convencido de que su destino era dedicarse a la ciencia. Abandonaba así el espejismo que tuvo alguna vez de convertirse en pastor anglicano y llevar una tranquila vida en una parroquia de campo. Tenía una muy buena formación científica y esos cinco años de navegación le habían procurado una experiencia difícilmente igualable.

.A poco de llegar se casó y sin preocupaciones económicas, protegido por la fortuna familiar, se fue a vivir cerca de Londres, a una casona en la campiña donde podría realizar experimentos con plantas y animales y, sobre todo, revisar sus papeles de viaje, muestras y colecciones y sacar conclusiones capaces de convertirse en publicaciones científicas. Debía, además, escribir el relato de su travesía. Empezó a llenar cuadernos y libretas de anotaciones que han servido para reconstruir su itinerario intelectual.
Sus ideas eran muchas. Le rondaba la impresión de que las especies animales y vegetales habían cambiado a lo largo del tiempo. Así como la Tierra con sus montañas y planicies había cambiado, según lo demostraba la geología, ¿por qué no podría pasar lo mismo con el mundo viviente? El mayor problema era imaginar cómo y por qué había sucedido.

Génesis de una teoría

En 1838 tuvo, al parecer, un primer acercamiento que resultó decisivo, luego de una lectura del libro de Robert Malthus Ensayo sobre el principio de las poblaciones. En él se plantea que como la producción de alimentos crece en progresión aritmética, en tanto que la población lo hace en proporción geométrica, es indispensable limitar el crecimiento demográfico, especialmente en los sectores pobres que son los más prolíficos. Darwin pensó que la teoría de Malthus -en cuanto al desbalance entre producción y población- podía servir para sus fines, ya que en la lucha por la existencia deben triunfar las especies más aptas. “Se trata de la doctrina de Malthus aplicada con fuerza multiplicada a la totalidad de los reinos animal y vegetal, porque en ellos no es posible el aumento artificial del alimento ni tampoco la restricción de la procreación”, escribió.

Darwin constató que la cría de animales y plantas de una misma especie, seleccionadas artificialmente, había provocado diferencias mayores que las originadas en especies distintas. Existía, por lo tanto, la variabilidad de las especies y la posibilidad de antecesores comunes. ¿No habría en la naturaleza causas que provocaran transformaciones semejantes a las provocadas artificialmente? Le pareció que esas causas estaban en el número inmenso de gérmenes creados por la naturaleza y el número pequeño de organismos que se desarrollaban realmente. Surge así la lucha por la existencia, que en el mundo de las plantas es por espacio y luz. Madurarán y se multiplicarán los individuos que tengan alguna particularidad ventajosa para esa lucha, particularidad que se transmitirá por herencia. De este modo, por selección natural, las especies se transforman y sobreviven las más aptas.

Comenzó a trabajar con esa orientación y alrededor de 1844 tenía prácticamente acabado su ensayo. Una teoría que fundamentaba en mediciones y ejemplos obtenidos en su viaje para demostrar la existencia de la evolución, sin profundizar -sin embargo- en las causas de la misma ni en la forma de transmisión de los caracteres adquiridos. Con sus amigos y colegas -especialmente con Charles Lyell y Joseph Hooker- mantuvo largas conversaciones e intercambios que permitieron precisiones y perfeccionamientos. Estaba hasta tal punto convencido de que tenía razón, que dejó el texto en un sobre sellado con instrucciones para su esposa a fin que lo publicara en caso de que él muriera en forma repentina.

Lo extraño es que no se haya decidido a publicar el texto, que ya estaba completo. Todavía es un misterio por qué no lo hizo. Una posibilidad es su carácter perfeccionista, que lo impulsaba a revisar hasta el cansancio. La explicación más razonable puede ser otra. Ese mismo año apareció un libro, Vestiges of the Natural History of Creation (Vestigios de la historia natural de la creación), sin nombre de autor (después se supo que era del periodista Robert Chambers). Atacaba duramente a la religión y defendía la idea de la evolución utilizando ejemplos y argumentos convincentes. Era un libro polémico y provocó cierta conmoción: postulaba abiertamente que los humanos descendían del mono. Aparte de su orientación, el libro tenía escaso valor científico. Darwin se atemorizó. No le gustaban las polémicas y menos las que tenían implicancias religiosas, por respeto a las creencias de su esposa. Para Darwin Vestiges... desprestigiaba a la ciencia y hacía inoportuna la publicación de su obra.

Prefirió seguir trabajando. En 1857 ocurrió otro acontecimiento fortuito, casi increíble. Darwin recibió un sobre con un ensayo cuyo autor le pedía su opinión acerca de su valor. Lo enviaba Alfred Russel Wallace, un naturalista inglés autodidacta que vivía en una isla cercana a Nueva Guinea. Contenía -para infinita sorpresa de Darwin- la exposición de una teoría absolutamente semejante a la suya, a la que había llegado a través de años de observación de la naturaleza y de la lectura de casi los mismos libros, incluyendo, por cierto, la obra de Malthus. Darwin cayó en una profunda depresión. Su reacción inicial fue publicar la obra de Wallace, aunque eso significara arruinar un esfuerzo que le había consumido ya veinte años. Lo consultó con sus amigos Lyell y Hooker, quienes le aconsejaron otra solución. Ellos remitirían el ensayo de Wallace a la Linnean Society de Londres, para que se publicara junto con una reseña de los hallazgos de Darwin, para que ambos compartieran el honor. La más importante sociedad científica de la historia natural de Gran Bretaña conoció y aceptó las colaboraciones propuestas por Lyell y Hooker. Darwin no asistió a la sesión porque uno de sus hijos estaba enfermo. Se le informó a Wallace lo que se había hecho, lo que aprobó cuando en medio del asombro lo supo algún tiempo después.

Darwin se puso a trabajar intensamente en lo que sería su obra cumbre. Resumió mucho material acumulado y en dieciocho meses escribió el libro al que le puso un título interminable: Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la existencia, publicado en noviembre de 1859 por la editorial John Murray. Se agotó en pocas semanas. El libro produjo expectación entre los científicos aunque no hubo situaciones escandalosas. Hacía tiempo que la evolución estaba en el aire que respiraban los intelectuales y junto con ellos, la mayoría de la sociedad.

La polémica

La aparición del libro provocó las controversias que eran esperables. Especialmente entre la Iglesia y los evolucionistas. Darwin mantuvo un perfil bajo. Su débil salud le impedía hacer muchas cosas y prefirió seguir estudiando, haciendo experimentos y contestando una correspondencia que se hacía abrumadora. La defensa de su teoría la hicieron principalmente sus amigos: Charles Lyell, en arqueología y prehistoria; Asa Gray y Joseph Hooker, en botánica y, sobre todo, Thomas Henry Huxley. Cuando regresó a Inglaterra, Alfred R. Wallace estrechó amistad con Darwin y asumió un activo papel en la defensa de la tesis que era también la suya. Escribió más tarde un libro que se constituyó en la mejor exposición de la teoría. Lo tituló modestamente Darwinismo.

Por su parte, Huxley atraía la atención por su talento de orador y la convicción con que defendía sus posiciones. Se recuerda un debate con un obispo anglicano que ironizó preguntándole si era descendiente del mono por su bisabuelo o por parte de su bisabuela. Huxley dejó pasar el sarcasmo, pero al terminar su alegato aclaró que prefería descender de un miserable simio antes que tener por abuelo a un hombre que utilizaba la sorna en una discusión científica rigurosa. Fatalmente, la discusión se orientaba casi siempre al tema religioso. La eventual descendencia del mono producía escalofríos a mucha gente que la consideraba una blasfemia, porque la Biblia dice que el hombre ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios.

Las observaciones al Origen de las especies no fueron sustanciales. La que parecía serlo, en realidad no lo era, como pudo establecerse mucho después. Provino de Lord Kelvin, que sostenía que la Tierra no tenía más de cien millones de años, tiempo en el cual no alcanzaba a producirse la evolución de las especies. Darwin se sintió tocado y no supo qué responder.

La opinión más importante fue la del filósofo John Stuart Mill, quien dijo que si bien Darwin no había demostrado la veracidad de su doctrina, había planteado “un irreprochable ejemplo de hipótesis legítima (…) Darwin ha abierto -escribió- una senda de investigación llena de promesas.

 

18 de Julio de 2009

     

"Solo conoceremos nuestra verdadera estatura cuando nos pongamos de pie"